Le miré como quien mira a un niño pequeño que acaba de caerse.
Yacía allí tendido casi sin vida, de la herida en el estómago de arma blanca seguía supurando ese líquido que tanto me gusta y sonaba y sonaba y no paraba de sonar. ¡Ah! que inmenso placer me producía aquel sonido, era música celestial.
Mi preciosa Persa de cuerpo frío y de una largura considerable, 41 cm, ni más ni menos, que buen trabajo había hecho. Mírala como reluce , como brilla teñida de rubí.
El pañuelo es lo que mejor lo podrá limpiar. Suavemente, utilizando un pequeño vaivén de mi mano, ligero, casi sin rozar la hoja, empiezo a limpiar.
¡¿Pero qué es lo que ven mis ojos?! El pequeño moribundo se mueve.
-Somos, todo lo que queremos somos.
Somos integras partes.
Somos libres atados.
Somos esclavos voluntarios.
Somos alfabetos cultivados.
-Alabin...-¡Oh! todavía puede hablar.
-Alabán...-que recuerdos me trae está canción.
-Bom...-¡Ey! no voy a seguir su juego, no voy a darle ese placer.
-No voy a ser servidor de tus últimas palabras, quiero ser un hombre libre, no voy a ser esclavo volunt
*Bang*
Y de esta triste forma caí al suelo con el estómago perforado, ese sonido que tanto me gustaba me esta torturando hasta mis últimos segundos de vida, suena y suena y no para de sonar. ¡Argg, que alguien lo paré por favor! Odio el líquido rubí y su dichoso sonido al caer.
Y mientras yo moría pude ver a mi preciosa victima sonriendo feliz, mirando al cielo de forma placida. Ese maldito había conseguido hacerme su esclavo voluntario.
