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Danza Macabra.

El chirriar de la puerta es lo único que se alcanza a oír. Tan sólo oscuridad, sombras lejanas, y  allí en la lontananza un minúsculo haz de radiante luz entra por una invisible ranura, que no consiente que la imaginación divague sobre lo que allí se encuentra. Grande, alrededor de 77 pulgadas; antiguo, datará del año 1985; según se puede adivinar, gracias a la diminuta sombra que proyecta el rayo de luz, parte de ese objeto esta dañada de alguna manera, como rasgado, como si faltase un trozo imperceptible.
Avanza, rechina el suelo como si se tratase de un viejo desván. Nada más dar tres pasos ya reconoce la silueta del misterioso objeto. Un espejo, un excelso reflector se levanta en lo más profundo del habitáculo. La curiosidad invade la habitación sin dejar a penas aire para respirar, seguir hacia delante es lo que le queda. Se oye un portazo que le hace girar sobre sus talones a la vez que da un brinco.
-La puerta se ha cerrado, maldita sea.-piensa para sus adentros. El espejo crea un efecto hipnótico imposible de evadir. Sigue el camino, a escasos dos pasos del reflector, no alcanza a verse. Súbitamente el haz de luz crece y se expande hasta hacer su figura medio visible. Aún así su contorno no se vislumbra, pero no puede quitarle la vista, ni siquiera un instante. Un pequeño movimiento en el cristal hace que sus ojos bajen la mirada hacia la parte más baja, para su sorpresa encuentra a un felino, de ojos amarillos y pelaje azabache. Mira entre sus piernas pero no puede hallar al minino en el suelo. Sólo se le ve reflejado. Una segunda mirada, ya más minuciosa, hace que se de cuenta de que el gato tiene aquellas dos refulgentes esferas color limón clavadas en sus oscuros ojos. Le duele, un dolor agudo y penetrante le invade con más fuerza a cada instante. Forcejea con aquella mirada pero no puede zafarse, algo se lo impide. El dolor se acentúa con mayor fuerza. Como si alguien le estuviese obligando a mover su cabeza, la hecha hacia atrás con un movimiento brusco y desmedido. Mil aguijones, agujas y espinas siente clavarseles en sus ojos. El felino sigue sosteniendo la mirada sin un atisbo de turbación o si quiera sorpresa, lo espera. La cabeza gira a derecha e izquierda, arriba y abajo, rota, pero siempre echada hacia atrás; los movimientos son grotescos, primitivos, sus ojos giran desorbitados, las cuerdas vocales emanan sonidos indescriptibles. Angustia, terror, dolor, desesperación, pánico, todo confluye en su interior. Siente que sus pies se separan ligeramente del suelo mientras su pecho se abomba como si el alma intentase huir de cualquier forma del cuerpo para abandonar ese terrible sufrimiento. De repente oscuridad, siente como el dolor se evapora y muere, siente su cuerpo chocar contra la madera carcomida y después... nada, silencio, vacío.

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